Es un tópico, ¿quién no ha escuchado alguna vez en su vida a una persona mayor malhumorada diciendo algo así como “¡que poco respeto tiene esta juventud!”? Y es verdad, hay mucho imbécil suelto que nada más que sabe fastidiar. De esto se hacen eco los medios de comunicación adictos al sensacionalismo y la tragicomedia, generalizando a bombo y platillo la falta de respeto a nuestros mayores.
Pero, ¿a que no salen en televisión esos viejos antipáticos y esas viejas estúpidas que también disfrutan jodiendo? Si, digo “viejo” y “vieja” en tono despectivo, pero no generalizo, ya que por suerte no son todos así.
Lunes a las 8 menos algo de la tarde, en Sevilla. Estoy en una de las paradas del Prado de San Sebastián esperando, con una mochila de 7 kilos a la espalda y un macuto de 2, que mi cuarto autobús diario me lleve por fin a casa después de una demoledora jornada laboral de unas… 12 ó 13 horas (incluyendo esa hora y media para el almuerzo, en la cual a veces también toca trabajar). La parada está repleta de gente, así que me coloco fuera, nunca me gustó el rozarme con desconocidos. Se nota que la gente sale de trabajar sobre esa hora porque detrás mía empieza a formarse una cola enorme de gente, suficiente para abarrotar dos autobuses. Como siempre, estos llegan tarde, y aquí es donde entran en juego las marujas autobuseras profesionales.
Paso nº 1: El empujón.
Como si de una cuestión de vida o muerte se tratara, las awelas, empiezan a empujar de forma bastante basta a cualquier persona, animal o cosa que tengan delante para obligarles a entrar en el autobús a la vez que vociferan “venga hombre que nos quedamos aquí”… Si señora, es que desde hace un tiempo existen campeonatos de subida al bus contrarreloj y el premio es un vale de descuento en El Corte Inglés. ¿Qué pasa? que por no caerte encima de aquella persona que tienes delante, la cual no tiene culpa de nada, empujas hacia atrás contrarrestando la fuerza viejuna, entonces la señora suelta un “oyeeee no empujes!!!” y te quedas con cara de gilipollas mientras la gente te mira como si fueras un ancianicida.
Paso nº 2: Entra como puedas.
Cuando ya estás con un pie en el autobús esperando a que el par de personas que tienes delante pasen su bonobús, alguien empieza a presionarte, bolsas de Bershka, El Corte Inglés y Armani te empujan para que te eches a un lado. En efecto, es la vieja que intenta quitarte de en medio para entrar ella primero, eso si no lo ha conseguido antes en la cola. Cuidado! este es un momento crucial, ni se te ocurra rechistarle que te arma la de dios y te suelta el temido “¡qué poca vergüenza tienen los jóvenes de hoy!”. Tienes la cortesía de dejarla pasar mientras repasas alguna bordería malsonante de forma mental, y qué hace ella? suelta todas sus bolsas en medio de la entrada del vehículo, busca su bolso de Gucci falso entre todas ellas y después el bonobús en su monedero de piel de rata pelona.
Tras 2 minutos esperando a que la señora acabe, sin poder saltar esa muralla de bolsas que ha soltado, y aguantando las quejas de los que tienes detrás, por fin le da por moverse y dejar paso a los demás soltando un “¡qué coño quieres!” al público en general. Muy amable ella.
Paso nº 3: Que le cedan un asiento.
Cuando por suerte estás sentado, esperando llegar a casa, toca una parada en la que se sube un montón de gente. Entre ellos nuestro espécimen, la amable viejecita, cargada de sus típicas bolsas de ropa de marca. Todos los asientos llenos, te divisa mientras estás escuchando música y mirando despreocupadamente por la ventana, se te acerca, se te queda mirando fijamente, te incomodas y te quitas los auriculares y antes de que puedas decir nada te suelta “déjame sentarme” en un tono en el que da la sensación de que la segunda parte de la frase es “y ya estás tardando”. Tú, como buen imbécil te levantas y le cedes el sitio. Ni te da las gracias, ni “muy amable” ni nada, como mucho un “cuanto pesan estas bolsas, me duele la espalda”. Señora, si está tan mal de su espalda como para no poder cargar con un kilito y poco de trapitos quédese en su casa, olvídese de su excursión semanal al centro o coja un taxi, seguro que es mejor para todos. Ahora a aguantar otra horita más en pie con la pesada mochila colgada.
Parece un relato del estilo de la prensa sensacionalista que he criticado al principio, pero no he exagerado nada intentando ser fiel a hechos que me han sucedido de verdad. Incluso me pasó una vez que tras dejarle el asiento a una señora, al rato de estar de pie al lado suya sin poder moverme de lo lleno que iba el bus, me da un manotazo y me suelta “vete ya de aquí hombre”. Siempre pensé que esa persona estaba mal de la mollera, porque si no me hubiera acordado de sus muertos de uno en uno. ¿Qué coño le picaba a esa mujer? ¿qué coño he hecho yo?
En fin, menos mal que el próximo año será por fin el momento definitivo en el que podré comprarme mi coche propio… hipotecado hasta las cejas, pero mejor así que aguantando las 4 horas de bus diarias con individuos como estos.