Arturo Pérez-Reverte: Amor Gay

gaylove

Por segunda vez en mi blog tengo el honor de citar un texto del autor de renombre Arturo Pérez-Reverte. Éste también es un artículo periodístico de actualidad pero esta vez no trata sobre economía o guerras, al menos no de guerras armadas.

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado. Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios. (más…)

Los intermitentes son gratis

Intermitente

¡¡Sí, aunque parezca imposible, pero los intermitentes son totalmente gratuitos!! Debe haber personas que creen que se les cobra una tarifa por cada “clic-clic” que haga la lucecilla, como los SMS, o que piensan que el encendido de tres bombillas de baja intensidad repercute en el consumo de carburante. Pero sorprendentemente ¡se equivocan!

A otros les costará mucho trabajo encontrar el pulsador del intermitente, porque ¡tiene un acceso muy difícil que puede llegar a distraernos! Accionar esa palanca que se encuentra a escasos centímetros del volante requiere de una concentración y un esfuerzo que sólo se puede realizar de forma segura con el coche parado.

¿Dónde está el inconveniente de usar el intermitente tanto en carretera como en ciudad? Si es gratis y es fácil de usar… ¿Cuál es el problema? ¡¡Ojalá multasen a todo el que no los usa!!

Arturo Pérez-Reverte: Los Amos del Mundo

Los Amos del Mundo / Arturo Pérez-Reverte

(Artículo del escritor español Arturo Pérez-Reverte, publicado en ‘El Semanal’ el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, diez años después, parece una visión de Nostradamus) .


Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla antro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management , y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro. Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo.

Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados. Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja. Y de pronto resulta que no.

De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.. Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida. Eso es lo que viene, me temo.

Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena. Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

Teletrabajo: ¿arresto domiciliario?


Este fin de semana tenía planeado pasarlo en la playa, celebrar Halloween en la casa de una amiga, con mi gente, la cual hace ya 3 semanas que no veo. Saldríamos ayer viernes a las 7, pero aquí estoy, en mi casa frente a mi eterna herramienta de trabajo: mi portátil.

Ayer viernes, mi empresa debería haber entregado un importante proyecto a un cliente, proyecto que ya he comentado en otro post. ¿El jueves era el día de los retoques finales? mentira, el jueves quedaba aún muchísimo trabajo por realizar, por lo que mi jornada laboral iniciada a las 8 de la mañana se extendió hasta la 1 de la madrugada del día siguiente. Me da miedo hacer las cuentas, pero creo que, al menos, triplica el número de horas legales que un becario puede hechar en su puesto de trabajo.

A medida que avanzaban las horas el proyecto estaba cada vez peor, el cansancio del grupo se deja notar y marca profundos errores en las tareas. Por ello tomamos una medida de urgencia: retrasar la reunión con el cliente e irnos a dormir de una puñetera vez.

Al día siguiente todos aparecemos con cara de “no me creo que me esté manteniendo en pie ahora mismo”. Seguimos apretando las tuercas al trabajo como podemos, yo a base de RedBull para no quedarme muerto, pero no da tiempo. ¿Solución? avanzar lo que podamos, trabajar el fin de semana y retocar lo último el lunes antes de la reunión.

¿A quién le toca pringar el fin de semana? Al probrecito que se iba a tomar un merecido descanso con sus amigos, es decir, a mi.

Conectado vía VPN (Virtual Private Network) a la red corporativa de la empresa, trabajando a duras penas por la lentitud de la misma y echando 20 minutos en tareas que normalmente se realizan en 5. Obviamente mis amigos están mosqueados, por mucho que yo les diga “no puedo porque tengo que trabajar” les sienta mal.

En fin, este proyecto me quema. Espero que este lunes esté terminado de una puta vez porque no es normal que un trabajo por el que seguramente no reciba más que un “bien hecho” me quite tantísimo tiempo libre siendo sólo becario, no me quiero imaginar cuando sea empleado (si es que me contratan, lo cual dudo).

En fin, en casa, sin fiesta, puteado, con mis amigos enfadados, sin poder salir ni hacer nada… ¿esto es teletrabajo o un arresto domiciliario?


Las fotos corresponden a mi dormitorio tal y como está ahora mismo, desordenado. La PlayStation3 no está puesta precisamente para ocio, necesito mi portátil conectado a la red corporativa y otro equipo conectado directamente a Internet para comprobar los resultados de mi trabajo, para lo que la PS3 sirve perfectamente. El volante está puesto porque ayer me di mi descanso y estrené un juego nuevo ;)

En fin… ahora que me he desahogado un poco, voy a seguir con lo mío. Un saludo!

La falta de respeto de los mayores

Es un tópico, ¿quién no ha escuchado alguna vez en su vida a una persona mayor malhumorada diciendo algo así como “¡que poco respeto tiene esta juventud!”? Y es verdad, hay mucho imbécil suelto que nada más que sabe fastidiar. De esto se hacen eco los medios de comunicación adictos al sensacionalismo y la tragicomedia, generalizando a bombo y platillo la falta de respeto a nuestros mayores.

Pero, ¿a que no salen en televisión esos viejos antipáticos y esas viejas estúpidas que también disfrutan jodiendo? Si, digo “viejo” y “vieja” en tono despectivo, pero no generalizo, ya que por suerte no son todos así.

Lunes a las 8 menos algo de la tarde, en Sevilla. Estoy en una de las paradas del Prado de San Sebastián esperando, con una mochila de 7 kilos a la espalda y un macuto de 2, que mi cuarto autobús diario me lleve por fin a casa después de una demoledora jornada laboral de unas… 12 ó 13 horas (incluyendo esa hora y media para el almuerzo, en la cual a veces también toca trabajar). La parada está repleta de gente, así que me coloco fuera, nunca me gustó el rozarme con desconocidos. Se nota que la gente sale de trabajar sobre esa hora porque detrás mía empieza a formarse una cola enorme de gente, suficiente para abarrotar dos autobuses. Como siempre, estos llegan tarde, y aquí es donde entran en juego las marujas autobuseras profesionales.

Paso nº 1: El empujón.

Como si de una cuestión de vida o muerte se tratara, las awelas, empiezan a empujar de forma bastante basta a cualquier persona, animal o cosa que tengan delante para obligarles a entrar en el autobús a la vez que vociferan “venga hombre que nos quedamos aquí”… Si señora, es que desde hace un tiempo existen campeonatos de subida al bus contrarreloj y el premio es un vale de descuento en El Corte Inglés. ¿Qué pasa? que por no caerte encima de aquella persona que tienes delante, la cual no tiene culpa de nada, empujas hacia atrás contrarrestando la fuerza viejuna, entonces la señora suelta un “oyeeee no empujes!!!” y te quedas con cara de gilipollas mientras la gente te mira como si fueras un ancianicida.

Paso nº 2: Entra como puedas.

Cuando ya estás con un pie en el autobús esperando a que el par de personas que tienes delante pasen su bonobús, alguien empieza a presionarte, bolsas de Bershka, El Corte Inglés y Armani te empujan para que te eches a un lado. En efecto, es la vieja que intenta quitarte de en medio para entrar ella primero, eso si no lo ha conseguido antes en la cola. Cuidado! este es un momento crucial, ni se te ocurra rechistarle que te arma la de dios y te suelta el temido “¡qué poca vergüenza tienen los jóvenes de hoy!”. Tienes la cortesía de dejarla pasar mientras repasas alguna bordería malsonante de forma mental, y qué hace ella? suelta todas sus bolsas en medio de la entrada del vehículo, busca su bolso de Gucci falso entre todas ellas y después el bonobús en su monedero de piel de rata pelona.

Tras 2 minutos esperando a que la señora acabe, sin poder saltar esa muralla de bolsas que ha soltado, y aguantando las quejas de los que tienes detrás, por fin le da por moverse y dejar paso a los demás soltando un “¡qué coño quieres!” al público en general. Muy amable ella.

Paso nº 3: Que le cedan un asiento.

Cuando por suerte estás sentado, esperando llegar a casa, toca una parada en la que se sube un montón de gente. Entre ellos nuestro espécimen, la amable viejecita, cargada de sus típicas bolsas de ropa de marca. Todos los asientos llenos, te divisa mientras estás escuchando música y mirando despreocupadamente por la ventana, se te acerca, se te queda mirando fijamente, te incomodas y te quitas los auriculares y antes de que puedas decir nada te suelta “déjame sentarme” en un tono en el que da la sensación de que la segunda parte de la frase es “y ya estás tardando”. Tú, como buen imbécil te levantas y le cedes el sitio. Ni te da las gracias, ni “muy amable” ni nada, como mucho un “cuanto pesan estas bolsas, me duele la espalda”. Señora, si está tan mal de su espalda como para no poder cargar con un kilito y poco de trapitos quédese en su casa, olvídese de su excursión semanal al centro o coja un taxi, seguro que es mejor para todos. Ahora a aguantar otra horita más en pie con la pesada mochila colgada.

Parece un relato del estilo de la prensa sensacionalista que he criticado al principio, pero no he exagerado nada intentando ser fiel a hechos que me han sucedido de verdad. Incluso me pasó una vez que tras dejarle el asiento a una señora, al rato de estar de pie al lado suya sin poder moverme de lo lleno que iba el bus, me da un manotazo y me suelta “vete ya de aquí hombre”. Siempre pensé que esa persona estaba mal de la mollera, porque si no me hubiera acordado de sus muertos de uno en uno. ¿Qué coño le picaba a esa mujer? ¿qué coño he hecho yo?

En fin, menos mal que el próximo año será por fin el momento definitivo en el que podré comprarme mi coche propio… hipotecado hasta las cejas, pero mejor así que aguantando las 4 horas de bus diarias con individuos como estos.